Invierno 1991 en Francia


caen

Esta época decembrina definitivamente invita a reflexionar y a recordar historias y anécdotas pasadas, y es ahí en el pasado donde recuerdo una de las experiencias gastronómicas más interesantes y divertidas que he tenido.

Todo comenzó en el invierno de 1991, yo era joven y atrevido; en ese entonces vivía en San Francisco, Ca, cursaba mis estudios gastronómicos en la ciudad y al mismo tiempo tomaba una clase para acreditar el famosísimo examen del TOEFL que avalaría mi dominio de la lengua inglesa. En fin, resulta que en dicha clase conocí a dos francesas, Carol y Muriell, jóvenes guapas, vivarachas y con todas las ganas de comerse al mundo de un bocado. Me hice buen amigo de ellas y cuál va siendo mi sorpresa al descubrir que los papás de Carol resultaron ser dos chefs muy reconocidos en el sur de París.

Transcurrieron las clases y nuestra amistad se afianzó al grado de recibir una invitación por parte de mi amiga para irme por una temporada a vivir a casa de sus papás al tiempo que ellos solicitarían vacaciones para dedicarme el 100% de su tiempo, esto con el objetivo de que yo aprendiera de primera mano la inconfundible cocina francesa.

Llegó el día y arribé a la ciudad de CAEN al noroeste de París y de ahí nos trasladamos a una villa donde viven los papás de Carol, un pequeñísimo poblado con no más de 100 habitantes. La casa, un típico chalet francés con dos habitaciones, un jardín perfectamente bien cuidado, huerta familiar y o más interesante, un sótano con una de las cocinas mas hogareñas e increíbles que haya visto en mi vida.

La rutina comenzó levantándome todos los días a las 4 am para acompañar al chef Climent a la playa a recoger de manera manual cualquier cantidad de moluscos o animal que tuviera concha o caparazón; regresábamos a la casa y seleccionaba él mismo de manera cuidadosa aquellos consumibles para comenzar la clase.

Preparamos cualquier cantidad de platillos, desde sardinas en salmuera, mermeladas, bullabesa de pescado con el tradicional roille (alioli), ensalada nicoise, faisán braseado, panadería de costra dura y miga suave; aprendí a comer betabel con Aderezo de ajo y perejil, degustar un buen tinto Chtáteauneuf du Pape y saborear una tostada de bagnat con una tapenade casera.

Las comidas y cenas trascurrieron siempre en el jardín, pláticas interminables de historias en los fogones y las ollas, coincidencias de culturas y aprendizaje mutuo de conocimientos culinarios.

Es increíble como alguien del otro lado del mundo puede abrir su casa, su historia y conocimientos sin esperar nada a cambio, solo con el hecho de que “si eres amigo de mi hija” eres “amigo de la familia”. Han pasado los años, y siempre, al momento de preparar un Aderezo o salsa, recuerdo los consejos de mi maestro Cliement en Francia, y frases como: “La cocina no se aprende, la cocina se vive” o “El mise en place es el comienzo del éxito en tu jornada”.

Agradezco de todo corazón que la vida me haya llevado por el viejo mundo, que me haya permitido conocer a Muriel, Carol y a Cliement, solo espero que de alguna manera, en alguna forma hayamos aprendido mutuamente que más allá del idioma, costumbres o tradiciones, el ajo, la cebolla y el aceite de oliva nos unirán por siempre al momento de querer agasajar a nuestros paladares.

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